MIGUEL ÁNGEL TABORGA
Genial arquitectura de la naturaleza que en su infinita maestría no necesita de regla o compás, ni de complicados cálculos matemáticos para trazar caprichosas y bellísimas formas para esculpir en la roca la huella de su fuerza monumental. Una fuerza que proviene del rutinario y sempiterno movimiento de la mar. Olas, mareas y corrientes, laboriosas e incansables que dejan su impronta en la piedra del cantil, y que a fuerza de golpearlo una y otra vez, a lo largo de los siglos, han atravesado la pared creando su particular obra arquitectónica: el Puente del Diablo.
"Puente Jorao, como siempre lo llamamos los lugareños antes de que éste adquiriera fama internacional por su singularidad y belleza", explica un pescador de la costa, entrado en años, y en cuyo rostro curtido se reflejan muchas tardes de lucha con la fauna marina. Igual nombre recibe desde siempre la fuente que se encuentra en sus proximidades, "aquí al lado está la Fuente Jorao", continúa explicando el viejo lobo de mar asiduo de estos contornos, que incluso manifiesta su pequeño enfado porque el puente haya sido rebautizado, sin entender bien la causa.

El Puente del Diablo se sitúa en el litoral norte santanderino, próximo al faro de Cabo Mayor, en medio de espectaculares acantilados, en realidad forma parte de ellos. Se trata de una caprichosa y monumental forma de la naturaleza que emerge de la roca caliza, muy conocida de los santanderinos por la gran difusión que de esta estructura natural se ha hecho a través de postales y fotografías, pero que sin embargo son pocos los que conocen su ubicación exacta y lo han contemplado al natural, a pesar de contar con cómodos aunque abandonados accesos.
La forma más directa de llegar al puente del Diablo, es por Cueto. En el barrio Bellavista se toma la carretera que conduce al campo de fútbol de este pueblo, ahora barrio, junto a las instalaciones del tiro al plato. Allí se encuentra también una vieja edificación, hoy en ruinas, que en otro tiempo sirvió para el control y ayuda de la navegación marítima. Una suave bajada de apenas 250 metros, separa ese lugar del Puente del Diablo. El visitante no se percata de su existencia hasta que, una vez cruzado, desciende un poco hacia el otro lado y contempla, no sin cierto susto la primera vez, la majestuosa estructura natural por la que acaba de pasar sin percatarse del vacío que se abría a ambos lados de sus pies. La vista atraviesa el acantilado y es entonces cuando se domina la inmensidad del mar a través de su luz.

Entorno natural hermoso, no exento de tragedia recordada por monumentos funerarios. Muy próximo al puente, en el lugar denominado "marido y mujer", los amigos de Jesús Lastra han levantado un mirador en su honor incrustado entre las rocas. "Chuchi", como reza la placa en su recuerdo, cayó al vacío por estos abruptos acantilados. Un pequeño monolito deteriorado, indica el lugar exacto del fatal accidente. Como si se tratase de un desafío a la suerte del destino, muestra en su base una herradura metálica incrustada. Abajo, entre las rocas batidas por el oleaje cuando el mar se enfada, una lápida blanca con el relieve de una gran cruz indica, el lugar donde cayó el cuerpo del infortunado Jesús. Arriba, un árbol junto al mirador es todo lo que queda de los varios que se plantaron, quizás como símbolo de vida. Hacia el Este, próximo ya al faro de Cabo Mayor, otro monumento recuerda cuatro jóvenes vidas, que también fueron un día costoso tributo de una mar embravecida.

Mirando en dirección norte, a la derecha del Puente del Diablo, el imponente y fantástico acantilado rebaja su altura y merma su fortaleza permitiendo la entrada del agua a la tierra que es detenida finalmente por una especie de escollera natural. Es el único lugar del paraje por donde el visitante puede si lo desea acariciar el agua con menos riesgo. Es una delicia observar desde allí el constante jugueteo del agua en las rocas, formando mil y una cascadas y torrentes que atraen nuestra mirada hasta el éxtasis. Blancos de espuma limpia, verdes y azules de agua transparente, salpican el paisaje de vida y belleza. Esculpen la roca con multitud de diminutas cavidades y pequeñas cuevas que proporcionan asentamiento y refugio seguro a la fauna marina, no muy abundante aquí por tratarse de una zona muy batida.
Algunos pájaros sobrevuelan los pronunciados entrantes y salientes del alto acantilado. Entre todos destaca la gaviota, con su suave planeo e inequívoca voz, símbolo de libertad en historias literarias de todos conocidas. De las diferentes especies que pueblan nuestra costa, es la gaviota argéntea (Larus argentatus) la más frecuente en todas las costas europeas. Cría tanto en islas remotas como en páramos, dunas, acantilados y edificios. Habitan en el litoral preferentemente, aun que también es frecuente verlas en tierras de labor, parques urbanos, pantanos y especialmente vertederos, donde es frecuente observar gran acumulación de individuos en busca de alimento.

Una capa de hierba corta recubre la ladera Sur del acantilado, que es aprovechada por las ovejas de una explotación cercana. En la cima, sacudida con fiereza por el salitre, la vida vegetal es mínima. Algunas especies de vegetación psammóphyla (amigas de la arena) encuentran aquí un lugar válido para su desarrollo, al tiempo que ponen unas suaves pinceladas de verde naturaleza entre los grises y ocres de las rocas caliza y arenisca.
El Puente del Diablo es uno de esos pequeños y maravillosos entornos que presenta nuestro litoral, generoso en paisajes de interés. Un entorno natural donde la tierra sin el mar poco valdría. Donde aún puede sentirse en todo su esplendor la armonía de la naturaleza, reflejada en la libertad del vuelo de una gaviota, en la fuerza de una ola rompiente, en la férrea resistencia de un acantilado que a duras penas puede contener el empuje del mar, o de la mar, en femenino, como suelen decir las gentes que la quieren de verdad. Armonía natural para deleite de nuestros sentidos sin duda.



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